Sordomudo

El invierno jugaba sus últimas cartas aquella mañana. La soledad de las calles escondía los pájaros sin sueños.

Rómulo, a contratiempo, sostenía un paso algo inestable y continuo. Sórdida soledad sin palabras en el aire.

Cruza compañeros de trabajo y se apura para saludar a cada uno con un abrazo, a pesar de no tener tiempo y faltarle sentidos. Unas señas y deja sin palabras las sonrisas tibias de cada uno de aquellos rostros fríos.

Cedió el paso a un automovilista en el instante que gratifica, sin paréntesis y en cuenta regresiva.

Muy de prisa, con una mueca preocupada, pidió disculpas por sólo estrechar la mano de su amigo el barrendero, sólo de pasada.

Cruza la plaza y llega al trabajo dejando huellas en todas las personas, pero el reloj biométrico no las reconoce.

Tiene las excusas sin palabras para los oídos que no comprenden su falta.

Rómulo fichó tarde la entrada, en total silencio como siempre.

Cuento incluido en el libro El Abra

@Aristides U. Palacios

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