Lustrabotas

Con su paso lento iba Tío Paco rumbo a su puesto callejero. Colgando del costado más cansado llevaba un cajón en bandolera con betún, gamuza y cepillos. Nunca le faltaba el ramo de fresias que le recordaban quién lo esperaba en casa. Llevaba una gorra que armonizaba los surcos de su rostro con el brillar de sus ojos, aquellos que miraban fijo al pasado, acariciando recuerdos con un semblante intrínseco y pensativo.

Pedro ya no abría el kiosco de revistas al alba como antes, se fueron sus fuerzas con los inviernos y otras tantas primaveras. Ni Julio, el mozo del bar, usa camisa con camiseta. Hasta los clientes de la Bolsa de Valores dejaron sus zapatos por cómodas alpargatas.

Todos transitan sin darse cuenta de su labor en aquella cuadra, nada cambia cuando se sienta en la esquina y así pasan los días, algo vacíos como su cartera.

Todo el tiempo para pensar en nada y su viejita esperándolo adormecida en la soledad ya acostumbrada.

Un joven con traje gris, de formal aspecto y haciendo gala de su impronta, lo saluda afectuoso y lo devuelve a la vida cual elixir de la eternidad.

Cuando el viento mueve las añejas ramas de aquel árbol, los verdes decoran el universo vacío. Hay segundos eternos que hacen de la vida un hilo, hilo que se hace trama y se transforma en abrigo.

Tío Paco un día no volvió a sentarse en su puesto de aquella cuadra que lo esperaba, prefirió dormir el sueño eterno junto a su viejita, antes que pensar en nada. Y el universo quedó vacío y en aquel árbol sin hojas, quedaron sus ramas.

Pero el viento que sigue soplando, siempre encontrará un Tío Paco en alguna esquina o en alguna cuadra.

Cuento incluido en el libro El Abra

@Aristides U. Palacios

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