Gael y el conejo

Febrero 1810

En una aldea muy pequeña habitada por mineros vivía una niña de nombre Gael. Por la tarde iba a jugar al gran bosque lindante pero un día, desoyendo las advertencias de su padre Brendan, fue a cazar sola. Interpretó aquello como un desafío para intentar cumplir la frase que tanto honraba su padre: Desafiándote a ti mismo es la única forma de crecer en armonía con la naturaleza”.

Brendan siempre le decía que sólo los gigantes pueden atrapar los conejos sin ayuda, entonces Gael tomó aquello como un desafiante reto. En las primeras horas de la tarde fue en búsqueda de la hazaña, soñando encarnar las sabias palabras de su padre.

Luego de encontrar las huellas de un conejo, las siguió por el bosque, tan obsesionada que olvidó las distancias, adentrándose hasta las zonas prohibidas. Las huellas parecían cada vez más frescas, señalando a Gael que estaba muy cerca de su objetivo. De repente ve el pelaje pardo detrás de unos arbustos, las orejas muy largas del animal se movían pero aquel no se alejaba de su posición. La niña preparó su lanza y sigilosamente se acercó entre los enormes árboles; cuando estuvo a corta distancia observó al conejo moverse algo exhausto sin poder escapar, la miraba fijamente con sus ojos marrones exaltados y brillantes. Gael se dio cuenta que una mandíbula de hierro sujetaba su pata, al acercarse quedó sorprendida, nunca había visto una trampeara, esa crueldad excedía el valor de su lanza.

Sin saber qué hacer se detuvo frente a él y en ese instante el conejo la miró y le dijo:

—Acaba con mi vida y libérame de este sufrimiento, te servirá más mi carne y cuero que la pena que por ti siento.

—¿Cómo es que hablas? ¿quién te dio esa magia? Le preguntó sorprendida y temerosa Gael.

—Claro que hablo, todos los que habitamos el bosque lo hacemos, la pregunta sería por qué no siempre nos escuchan.

—¿Quién te ha atrapado?

—Un gigante y cuídate que no te atrape a ti también.

—¡Un gigante! A no, por eso no debo preocuparme, mi padre me enseñó que los gigantes nos temen.

—Y entonces ¿de quién te defiendes con esa lanza?

—Quería demostrarle a mi padre que podía cazar un conejo sin ayuda, como los gigantes.

—¡Pero niña! Mira como el gigante me atrapó, traicionando mi confianza; aquel que a ti te teme. ¿Aún crees que cazarme es un desafío honorable? Sálvame y te gratificaré de la mejor manera.

Fue así que Gael liberó al conejo de la trampera y montando sobre él regresó a la aldea. Al verla llegar salieron todos de sus casas y Brendan, muy angustiado, corrió rápidamente a abrazar a su hija.

—¡Papá he salvado a este conejo que estaba atrapado yo sola! Fui al bosque a cazarlo y al escuchar su alma, acepté el más grande de los desafíos, amar la vida.

Su padre tomó una piedra esmeralda que colgaba de su cuello y se la obsequió diciéndole: “Querida hija, ésta es la piedra de la armonía con la naturaleza, la que nos hace invisibles a los ojos de los gigantes egoístas y ambiciosos, llévala contigo, sólo te verán aquellos que no sientan con el estómago lleno y el corazón vacío. Y recuerda que el gran desafío se encuentra en interpretar correctamente lo vivido”.

Gael, la pequeña gnómida, a partir de aquel momento se convirtió en la guardiana del bosque de los alerces y su fauna.

Declan.

Cuento incluido en Huellas invisibles.

@Aristides U. Palacios

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