Encantada

Desde una laguna al pie del cerro, de la que todos hablaban, una verde ranita decía:

—¡Nadie tiene respeto por mi alma!, ¡ay alma mía!, ¿por qué nadie tiene respeto por mi alma?, ¡mi alma querida!

Quien pasaba cerca, al oír, se aproximó y al verla le dijo:

—¡Yo sí respeto tu alma!

Aquella luciérnaga con un beso intentó romper el hechizo para liberar el alma encerraba en la rana.

Luciérnaga a la carta fue la cena, en una noche encantada.

Cuento incluido en el libro El Abra

@Aristides U. Palacios

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